Chile: Cunde el pánico en la granja

por Rafael Agacino

¿Qué es lo que está en juego en las elecciones del 19 de diciembre? Depende de los intereses de los jugadores. Para los que juegan por apropiarse del botín del Estado, se trata de los votos, sólo de los votos, ni siquiera de las y los electores. En esta granja incluimos las diferentes especies de la derecha, el progresismo, la izquierda confiada (institucional) y los advenedizos que hacen negocios aprovechando las oportunidades del sistema electoral y la precariedad cognitiva de la sociedad chilena.

Por el contrario, quienes nos jugamos porque el pueblo tome la política en sus propias manos, nos afanamos por sortear las trampas, las emboscadas y los chantajes que los residentes de la granja tienden para contener las potencialidades subjetivas y organizativas mostradas por anchas franjas del pueblo desde octubre de 2019; resistimos las jaulas y bozales con que quieren controlar, acallar y disipar el impulso popular, esos corsés institucionales que imponen un orden (y una paz) social que, sabemos, no es más que el orden (y la paz) del capital. Y en esta coyuntura de segunda vuelta – cancha rayada a conveniencia por la elite que reduce la política a la cuestión electoral-, el recurso privilegiado ha sido el miedo: miedo al comunismo, miedo al fascismo, una inédita doble campaña del terror.

En memoria del viejo Orwell y sin ánimo de ofender a los animales, diríamos que los cerdos y sus funcionarios, los perros, aterran con el fantasma del comunismo, mientras los burros y sus invitados, lobos con piel de oveja, con el espectro del fascismo. «Todos contra el comunismo» gruñen unos, «no pasarán» aúllan otros. En este último caso, con acento de pánico, se llama por todo el país a “defender la democracia y a combatir el fascismo”. ¿Pero de que democracia y fascismo nos hablan? Vamos por parte.

¿Democracia?

Hace rato que la democracia, esa promesa liberal burguesa, ya no tiene objetivamente ningún viso de realidad. La libertad de elegir gobernantes y legisladores no se condice con una libertad real, plena, sustantiva. Si bien en condiciones normales podemos elegir por quién votar y qué comprar, el capitalismo no permite a la gran mayoría elegir dejar de trabajar, dejar de vender el talento y capacidades propias liberándolas de las condiciones que impone el comprador. Desde los albores del capitalismo sabemos que la libertad de elegir de las y los no propietarios es incompleta y formal: para vivir están obligados a renunciar al libre uso de su tiempo de vida y vender una fracción significativa de este al capital que lo consume para realizar su propia libertad. Peor aún en el capitalismo del siglo XXI. Ya ni siquiera esa formalidad de libertad política-electoral es real, pues, mirando bien las cosas, aunque elijamos autoridades ejecutivas o legislativas declaradamente independientes y al servicio de la ciudadanía sus esfuerzos pueden ser anulados por los “poderes facticos”.

La evidencia muestra que la institucionalidad política formal tiende a ser neutralizada o capturada por una esfera nucleada fuera del Estado, por las corporaciones empresariales y los think tank financiados por ellas, que se constituyen de facto en un poder político en tanto pueden ejercer una influencia determinante sobre las políticas económicas y de orden público interno. Variables macroeconómicas clave como la tasa de interés, el tipo de cambio o el nivel de precios, pueden ser de hecho alteradas por decisiones de inversión, de compra o venta de papeles o movimiento de capitales de algunos de los principales grupos empresariales. Y ni que decir cuando actúan de consuno, intencionadamente, por ejemplo, frente a reformas sectoriales como la ley de pesca -firmada por Longueira pero digitada por las siete familias, la fijación de royalty a la explotación de recursos naturales, el impuesto a los ricos o las campañas contra los retiros y la defensa cerrada de las AFP. Se trata de un desplazamiento del poder real posibilitado por la hiper centralización y concentración de capital que tendencialmente equilibra o supera el peso relativo de las instituciones públicas en muchos ámbitos, instalando un cuasi “poder dual burgués” frente y/o en connivencia con el Estado. Este poder político de facto – una sibilina máquina que digita ex ante las políticas y decisiones de la tecnocracia ejecutiva o legislativa- se opone al poder político de jure y hace de la democracia una burla para la mayoría de los electores que honestamente creen en el discurso del ciudadano y la ciudadanía. Entonces ¿qué democracia nos llaman a defender? ¿Defender esta burla?

¿Fascismo?

Por otra parte ¿a qué se refieren con “fascismo”? Si se trata de la forma policial cada vez más acentuada que asume la administración estatal del orden interior, habrá que reconocer que esta está instalada hace mucho rato en el país. Prácticas como detenciones ilegales, torturas, asesinatos, ejecuciones sumarias y montajes a cargo de las policías estatales, así como la privatización de la represión -policías privadas con licencia para matar, incluido el sicariato- están casi naturalizadas y junto al sistema carcelario y judicial, son parte del complejo policiaco-represivo construido y fortalecido desde 1990 en adelante. Se inició con la impunidad de los criminales civiles y militares de la dictadura, continuó con la Oficina de Seguridad Pública, se mantuvo con la represión sistemática contra las franjas rebeldes y se actualizó con los asesinatos, mutilaciones, torturas y encarcelamientos prolongados de la juventud en la revuelta y con los estados excepción que rigen en el Wallmapu. Las formas policiales violentas del actuar estatal podrán parecer fascismo, pero no lo son. Dicho actuar es más bien resultado del desplazamiento del poder político hacia los “poderes fácticos” y no de un régimen fascista. En efecto, si el Estado es controlado externamente y tiende a operar como mero cascarón político-jurídico al servicio del capital otorgándole administrativa o jurídicamente legalidad a las decisiones corporativas, entonces los órganos ejecutivos y legislativos pierden majestad y dejan campo libre para la autonomización de los aparatos que monopolizan el uso de la fuerza legitima. Por ello, estas prácticas, cubiertas por un manto de impunidad, se multiplican y más que fascismo son síntomas del creciente proceso de lumpenización del Estado, de sus instituciones y de la tecno-burocracia que lo administra por encargo del capital. Y es esa recurrencia de las practicas policiacas y de violencia sistemática – muchas veces fuera del control político- la que crea una atmosfera represiva de apariencia fascista, de apariencia porque el clima represivo no es expresión ni anticipo de un régimen fascista en acto o en potencia, sino el verdadero rostro de esa falsa democracia a la que apeló la contrarrevolución neoliberal chilena desde la Transición y que ha sostenido hasta hoy. Entonces, si esas prácticas “fascistas” no son más que el otro rostro de esa democracia, menos puede afirmarse que éstas atentan contra aquella. Así, llamar a combatir este “fascismo” para defender esa democracia es un error en toda la línea, pues, ingenua o intencionadamente, se está llamando a defender y validar un régimen autoritario, despótico y lumpen.

La irracionalidad, base de una sociedad decadente

No obstante, el peligro fascista late en otra esfera: en la vida cotidiana. Casi 50 años de sacrificios humanos frente al Dios mercado no son neutrales. Su racionalidad ha colonizado la vida de amplias franjas de la sociedad generando en ellas un modo de sociabilidad empobrecido y mecánico, y como consecuencia directa, una regresión cognitiva cuyo producto estrella es una personalidad megalómana y narcisista, un ser a medias y despolitizado. Contribuyen a ello la educación basura, la intoxicación medial, la inmediates de las RR.SS. y los videos juegos que inculcan una subjetividad simplificada y excitante a jóvenes y niñxs. Las adicciones, el consumismo gatillado por la pulsión del deseo o el auto encierro por el miedo al otro, etc., son síntomas de una patología social que, disimulada por el sistema, deja el paso libre a otras reacciones irracionales desproporcionadas y violentas. En efecto, las conductas gatilladas por el odio o el miedo ocurren frecuentemente y son realizadas por personas comunes y corrientes. El asesinato a golpes del joven homosexual Mauricio Zamudio (2012), las torturas y amputación de ojos a Nabila Rifo (2016), los ataques xenófobos y quema de enseres en Iquique (2021) y un largo etcétera, fueron ejecutados por civiles inspirados en el odio y no por los aparatos represivos del Estado al amparo de la doctrina de la seguridad nacional. Y aquí radica el problema, pues lo que estamos viviendo es una extensión y validación social de la irracionalidad, especialmente en las franjas medias y populares, que alimentan una atmosfera propicia para el surgimiento del fascismo de masas, el verdadero peligro que puede incubar la crisis política en ausencia de alternativas populares. Así, si acaso algún sentido tuviera enarbolar hoy el antifascismo, el llamado no sería defender la democracia sino a combatir lo que posibilita esa irracionalidad y hace plausible una eventual emergencia fascista: la base tóxica de una sociedad decadente que estimula el narcicismo y el individualismo que atentan contra la organización y lo colectivo, y que proclama el discurso del “ciudadano” que domestica, despolitiza e impide el desarrollo de la soberanía y autonomía populares.

Con todo, es claro entonces que el llamado a “defender la democracia para frenar al fascismo” –una invitación a votar Boric contra Kast- es simplemente una nueva estafa, tanto como la invitación contraria. Y lo es no porque Boric y Kast sean lo mismo. Es una estafa porque la democracia ya no sólo es palabra huera sino también objetivamente falsa, y porque las prácticas policiacas y represivas – eso que llaman fascismo- no son sino su otra cara, una cara violenta más visible ahora dada la creciente lumpenizado del Estado. Y salvo un cambio radical o una revolución, asuntos muy ajeno a los planes de la administración Boric-Kast, estas tendencias y la crisis seguirán su curso. Por ello mismo, si bien votar no cambiará nada, tampoco será un acto neutral: otorgará legitimidad, validará, dará aire a un régimen agotado que debiera dar paso a otro orden político. Los votos, usando otra vez sin ninguna animosidad la estratificación orwelliana, servirán para que los cerdos y sus perros o los burros y sus lobos, se vistan de demócratas mientras el país seguirá de tumbo en tumbo con todos los efectos lacerantes para los pueblos.

Pero no seamos tan pesimistas: antes que la utopía de la granja fuera traicionada, primero por la renovación y luego por la conversión de cerdos y burros, hubo una rebelión, un proyecto emancipatorio contra los otros opresores. Habrá que darle entonces una vuelta a la historia y recuperarla, por cierto, sacando las lecciones para no reincidir y cual ovejas caminar en círculos.

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